El gobierno de Javier Milei ya no puede esconder lo evidente: está atravesado por la corrupción, las coimas y el saqueo del Estado. Los audios, los pedidos de sobornos y las maniobras para robarle a los más vulnerables —los discapacitados— no son hechos aislados, son la prueba de un modus operandi mafioso que funciona como una verdadera asociación ilícita enquistada en el poder.

La Libertad Avanza llegó con discursos altisonantes contra la “casta”, pero el experimento libertario terminó mostrando lo que siempre fue: una estafa política, un proyecto vacío que disfrazó de libertad el más burdo negociado personal. Karina Milei y su hermano no gobiernan: administran el botín de un Estado convertido en caja privada.

Las encuestas marcan la caída libre: los Milei se desploman, cada aparición pública termina en fuga, y los ciudadanos ya no los escuchan, los rechazan. El supuesto “gobierno del cambio” se transformó en un régimen de corrupción acelerada, donde las promesas se convirtieron en ruinas y la motosierra en un símbolo del ajuste contra el pueblo, no contra la casta.

Lo que Milei vende como “libertad” no es más que la impunidad de unos pocos para enriquecerse a costa de todos. El poder se sostiene en mentiras, coimas y complicidades, pero la paciencia social se agota. La gente empieza a comprender que detrás del grito libertario no había revolución: había negocio.

El derrumbe moral y político ya comenzó. Milei no está contra la casta: Milei es la casta, la peor de todas, porque se disfraza de rebelión para encubrir su corrupción. Y eso, más temprano que tarde, terminará de sepultarlo.

Jorge Fernando Moll/Digital Chubut

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