El libertarismo prometió libertad. Terminó ofreciendo narcolavado, soberbia y sometimiento.
La renuncia de José Luis Espert a su candidatura marca un antes y un después en la política argentina. No es solo la caída de un aliado: es el derrumbe del relato libertario. Lo que comenzó como una cruzada moral contra “la casta”, terminó convertido en un pantano de corrupción, coimas y vínculos con el narcotráfico.
El ahora excandidato, uno de los principales socios políticos de Javier Milei, abandona la escena acorralado por el escándalo de los aportes narco, una trama que salpica directamente al corazón del oficialismo. Y aunque el gobierno intenta despegarse, el daño ya está hecho: Milei está en su peor momento, con un gabinete fracturado, la economía al borde del colapso y una sociedad que ya no le cree.
El discurso de la “libertad” se desplomó frente a la evidencia: negocios turbios, financiamiento ilegal y soberbia de poder. El propio presidente, que se presentaba como el paladín de la transparencia, defendió hasta último momento a un candidato manchado por el dinero sucio del narcotráfico. Hoy, la renuncia de Espert es también una confesión de fracaso moral y político.
En las calles, en las redes y en cada provincia, crece el rechazo. Los argentinos están cansados de la mentira, del ajuste y de un gobierno que predica ética mientras pacta con lo peor. La farsa libertaria ya no resiste más parches.
Milei, que se vendía como un león indomable, terminó convertido en un gatito del PRO.
En su desesperación por sobrevivir, el presidente buscó rápidamente un nuevo aliado y se rindió ante Mauricio Macri, pasando de ser el “outsider rebelde” a un soldado obediente del expresidente.
Espert se fue, pero el escándalo queda pegado a Milei, quien enfrenta su hora más oscura desde que llegó al poder.
Porque cuando la política se mezcla con el narco y el poder se arrodilla ante los viejos jefes, ya no hay relato que salve la caída.
