La Argentina atraviesa uno de esos momentos que, con el paso del tiempo, serán señalados como puntos de quiebre. No por una crisis inevitable o heredada —argumento recurrente del oficialismo— sino por decisiones políticas concretas que están desmantelando, pieza por pieza, el entramado productivo y social del país.

El plan económico impulsado por el presidente Javier Milei y sostenido políticamente por La Libertad Avanza no solo ha profundizado la recesión: la ha transformado en un proceso de demolición sistemática. El cierre de industrias, la caída de las pymes y el desplome del comercio ya no son señales aisladas, sino síntomas de un modelo que prescinde deliberadamente del trabajo argentino. Donde antes había producción, hoy hay persianas bajas; donde había empleo, hoy hay incertidumbre.

La clase media —históricamente el motor social y económico del país— está siendo erosionada a una velocidad alarmante. No es una consecuencia colateral: es el resultado directo de políticas que priorizan el ajuste fiscal por sobre la vida cotidiana de millones. El consumo se desploma, el crédito desaparece y la capacidad de proyectar futuro se vuelve un lujo.

A este panorama se suma una narrativa oficial que oscila entre la soberbia y el cinismo. Se minimizan los efectos sociales del ajuste, se desacredita cualquier crítica y se construye un relato que niega la realidad palpable en las calles. La “máquina de la mentira” no es solo una frase: es una estrategia de poder que intenta imponer una verdad paralela mientras el país real se deteriora.

El abandono del Estado es otro de los rasgos más preocupantes. La salud pública muestra signos de colapso, la educación pierde calidad y recursos, los jubilados son empujados a la indigencia y la infraestructura básica —como las rutas— se degrada sin mantenimiento. A esto se suma la asfixia financiera a provincias y municipios, que ven restringida su capacidad de dar respuestas a sus comunidades.

En este contexto, declaraciones presidenciales que sugieren “comer carne de burro” no solo resultan desafortunadas: son un símbolo brutal del desconecte entre el poder y la realidad. En un país históricamente ganadero, donde la carne forma parte de la identidad cultural y económica, ese tipo de mensajes reflejan una pérdida de rumbo y sensibilidad.

La Argentina no está simplemente atravesando un ajuste. Está siendo reconfigurada bajo un modelo que desprecia su estructura productiva, debilita su tejido social y redefine el rol del Estado hacia la inacción. El resultado es un país paralizado, con sectores enteros en alerta y millones de argentinos viviendo con angustia.

La historia juzgará este momento. Pero mientras tanto, la realidad exige algo más urgente: reconocer que detrás de cada número hay personas, familias y proyectos que se están desmoronando. Y que ningún equilibrio fiscal puede justificar el costo humano que hoy se está pagando.

Digital Chubut/Jorge Moll

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