Las elecciones internas del peronismo en Chubut dejaron mucho más que cifras. En Puerto Madryn, el mensaje fue demoledor: la renovación ya no es una opción, es una urgencia. Y quienes se aferran al poder desde la nostalgia, arrastran a otros a la derrota.
Juan Pablo Luque lo entendió –o debería entenderlo– después del golpe sufrido en estas internas en la ciudad del golfo. Apostó por una estrategia equivocada: rodearse de figuras gastadas, sin capacidad de tracción y con un historial de derrotas que ya ni se cuenta con los dedos. La cara más visible de ese error fue Carlos Eliceche, el histórico dirigente madrynense que volvió a aparecer en escena para firmar otra página de fracaso político.
Eliceche fue el principal operador de la campaña de Luque en Madryn. Se puso la elección al hombro como en sus mejores épocas, pero olvidó un detalle: esas épocas pasaron. La ciudad ya no lo reconoce como un referente; lo ve como el símbolo de un ciclo vencido. Y cada elección que pasa lo confirma.
En varias ocasiones prometió su retiro de la política. Pero siempre volvió. Y cada regreso trajo una nueva derrota. Esta vez, además, arrastró con él a un candidato que buscaba instalarse como alternativa en la ciudad. El resultado fue el previsible: 69% para Dante Bowen, 31% para Luque. En Madryn, la paliza fue aún más simbólica.
Quizás ahora, con esta nueva derrota sobre sus espaldas, Eliceche sí decida alejarse definitivamente. Tal vez comprenda que su insistencia le está haciendo más daño que bien al espacio que dice defender. Y que cada vez que vuelve, no construye: impide que otros crezcan.
La derrota de Luque en Puerto Madryn, tiene una cara visible. No es sólo el fracaso de una candidatura: es el fracaso de una manera de hacer política que ya no tiene lugar. Es hora de dar lugar a nuevos liderazgos, con ideas frescas, con la mirada puesta en el futuro y no en la nostalgia.
Puerto Madryn habló claro. Ahora, queda ver quiénes están dispuestos a escuchar.
