Uno de los ejemplos más dolorosos de esta política sin empatía es la situación de los jubilados. Hoy, en pleno 2025, millones de adultos mayores en Argentina cobran menos —en términos reales— que lo que percibían en el año 2001, en plena crisis terminal.
Cada día que pasa, se hace más evidente que el presidente Javier Milei no gobierna solo ni plenamente por cuenta propia. Detrás de sus decisiones, sus gestos y sus palabras, se percibe la influencia de un entorno que no parece apostar por el consenso ni por una política sana y democrática. Y peor aún: esas influencias parecen estar lejos de ser positivas.
Un verdadero líder, uno con ideas propias y visión de país, buscaría equilibrios, tendería puentes, mediría sus palabras. En cambio, asistimos a un estilo de conducción confrontativo, cerrado, que desconoce a los sectores más vulnerables: trabajadores, niños, ancianos. ¿Cómo se puede hablar de libertad mientras se hostiga al que menos tiene? Hay principios básicos que toda política con vocación democrática no debería olvidar, y aquí se cruzan demasiadas líneas.
Uno de los ejemplos más dolorosos de esta política sin empatía es la situación de los jubilados. Hoy, en pleno 2025, millones de adultos mayores en Argentina cobran menos —en términos reales— que lo que percibían en el año 2001, en plena crisis terminal. Es un retroceso histórico inadmisible. Quienes trabajaron toda su vida, quienes sostuvieron al país durante décadas, hoy deben elegir entre medicamentos y comida, mientras el gobierno recorta beneficios y ajusta con una frialdad que roza lo inhumano. ¿Dónde quedó el contrato social que reconoce y protege a quienes ya dieron todo?
Mientras tanto, el modelo económico que impulsa Milei prioriza exclusivamente a los grandes grupos concentrados: el sistema financiero, los monopolios, los sectores exportadores sin control. Es un gobierno que, bajo el discurso de la «libertad de mercado», legisla para unos pocos y excluye a millones. La promesa de crecimiento y bienestar derramado suena cada vez más lejana, casi cínica, cuando lo único que se derrama es sufrimiento.
La puesta en escena del poder también preocupa. El despliegue desproporcionado de fuerzas de seguridad, con gendarmes y policías que parecen actuar más como patovicas que como servidores públicos, transmite un mensaje claro: el orden antes que el diálogo, la represión antes que el consenso.
Pero hay algo más profundo que inquieta. El presidente, lejos de mostrarse como un conductor autónomo, aparece muchas veces como un vocero de otros. La constante necesidad de leer discursos preparados, la dependencia evidente de su entorno —incluida su hermana—, deja la incómoda sensación de que no gobierna solo, ni quizá por completo. ¿Qué intereses se esconden detrás de su figura? ¿Quiénes son los verdaderos beneficiarios de sus decisiones?
Un liderazgo real no se construye con escudos humanos ni con libretos ajenos. Si Milei pudiera desprenderse de estas influencias, si alguna vez lograra ser él mismo —en sus convicciones, en su estilo, en su humanidad—, tal vez tendría una oportunidad distinta. Pero hoy, lo que vemos es un presidente aislado, mal acompañado, y cuyo mandato parece estar siendo utilizado como trampolín para otros proyectos, ajenos al bien común.
Es una postal triste. Porque detrás de cada decisión equivocada no solo se juega su futuro político, sino el de millones de argentinos, especialmente los que hoy más necesitan del Estado y solo encuentran abandono.
Digital Chubut
