En la Argentina de Javier Milei, el termómetro más sensible de la economía, el consumo, sigue enviando señales inquietantes. Lejos de encontrar un punto de estabilidad, los datos más recientes dibujan un escenario donde la caída no solo persiste, sino que se vuelve cada vez más estructural.
Los números, provenientes tanto del INDEC como de centros de estudio privados como la Universidad Torcuato Di Tella y la Cámara Argentina de Comercio y Servicios, coinciden en una misma dirección: el poder de compra continúa erosionándose, y con él, la dinámica cotidiana de la economía real.
En los supermercados, ese reflejo directo de la mesa familiar, las cifras muestran una leve variación mensual que no logra disimular una contracción más profunda cuando se la compara con el año anterior. El rebote es apenas técnico; la tendencia de fondo sigue siendo descendente. El consumo masivo, que incluye alimentos y productos básicos, permanece lejos de los niveles previos al ajuste inicial de 2024, del cual aún no logra recomponerse.
El panorama no mejora al observar los autoservicios mayoristas ni los comercios de cercanía. Allí, la retracción es incluso más marcada, confirmando que la caída no distingue formatos ni segmentos. La desaceleración de precios celebrada por el equipo económico aparece, en este contexto, más asociada a la debilidad de la demanda que a una recuperación genuina del equilibrio.
El deterioro también se extiende al comercio minorista en general. Los centros comerciales acumulan meses de caídas consecutivas, mientras que los indicadores más recientes profundizan esa pendiente negativa. Lo que antes podía interpretarse como una desaceleración, hoy adquiere rasgos de contracción más definida.
Detrás de estos números hay un hilo conductor claro: la persistente presión inflacionaria y el rezago del salario real. Aunque el ritmo de los precios muestre altibajos, el impacto acumulado sobre los ingresos sigue condicionando las decisiones de consumo. El resultado es una economía que se enfría desde abajo hacia arriba.
Aún más preocupante es el clima de expectativas. El índice de confianza del consumidor refleja un ánimo social en retroceso, con caídas más pronunciadas en los sectores de menores ingresos. No se trata solo de una fotografía del presente, sino de una señal hacia adelante: la percepción de que el bolsillo seguirá tensionado en el corto plazo.
En este contexto, el relato oficial que insiste en la normalización de la economía convive con una realidad menos optimista en la calle. Los datos no muestran todavía un piso claro para la caída del consumo, y la distancia entre las variables macroeconómicas y la experiencia cotidiana de los hogares sigue ampliándose.
La pregunta que queda abierta no es solo cuándo llegará la recuperación, sino bajo qué condiciones. Porque, sin una recomposición sostenida del ingreso real, cualquier mejora difícilmente logre consolidarse. Y mientras tanto, el consumo, motor histórico de la actividad, continúa transitando una pendiente que, por ahora, no encuentra freno.
