Javier Milei llegó al poder declamando la palabra “libertad” como un eslogan vacío. Pero hoy queda en evidencia que esa libertad no era para todos, ni para todas las voces. Apenas estalló el escándalo de las coimas, el Gobierno puso en marcha un operativo desesperado para silenciar los audios, presionar periodistas y condicionar a la Justicia. El libertario que se jactaba de enfrentar al poder real se convirtió en censor de su propio fracaso.

¿De qué libertad hablan Milei y sus funcionarios, si lo primero que hacen frente a la corrupción es apretar y callar? ¿Qué clase de “batalla cultural” es esta, si cuando los hechos los exponen, corren a esconderse detrás de los grupos económicos que los sostienen?

La maniobra es burda: quieren tapar con persecuciones lo que no pueden justificar. Pero la gravedad del problema va mucho más allá de los audios. Mientras el oficialismo intenta controlar la agenda mediática, millones de argentinos sufren la miseria cotidiana: jubilados con haberes pulverizados, discapacitados a quienes se les niegan prestaciones básicas, pacientes que no acceden a tratamientos vitales. A ellos les roban sin que nadie los defienda.

Milei prometió “eliminar la casta”. La realidad es que construyó una nueva casta: la de los ladrones de guante blanco con patente de impunidad. Lo mismo que juraban combatir, lo replican con más violencia y más cinismo. Y todo, bajo el disfraz de la “libertad”.

La libertad de expresión no se negocia. No es un privilegio para quienes aplauden al Gobierno ni una concesión que puede retirarse cuando conviene. Es un derecho conquistado con sangre y resistencia, y hoy está en la mira de un poder que, con discursos incendiarios y prácticas mafiosas, busca consolidar el saqueo.

Los libertarios no trajeron libertad: trajeron mordaza. No trajeron transparencia: trajeron oscuridad. No vinieron a combatir la corrupción: vinieron a perfeccionarla. Y lo hacen con la complicidad de los grupos económicos que siempre se enriquecen mientras el pueblo paga la factura.

La Argentina ya vivió gobiernos que prometieron grandeza y entregaron miseria. Pero lo que hoy está en juego es aún más profundo: el derecho de una sociedad a saber, a expresarse, a denunciar. Si dejamos que Milei y sus cómplices decidan qué podemos escuchar y qué no, no solo nos estarán robando la plata de los jubilados o la salud de los enfermos. Nos estarán robando la voz.

Jorge Fernando Moll/ Digital Chubut

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