Javier Milei volvió a sufrir una derrota política en la Cámara de Diputados, donde se bajaron los vetos al Hospital Garrahan y a las universidades. No fue un hecho aislado: es un nuevo capítulo en una larga cadena de fracasos que el Gobierno acumula y que, lejos de fortalecerlo, preparan el terreno para nuevas derrotas.

La soledad parlamentaria del oficialismo quedó expuesta, pero también la contundencia de la calle. Miles de argentinos salieron a manifestarse para frenar el ataque constante contra los más vulnerables: jubilados, personas con discapacidad, niños y el sistema educativo. Quedó demostrado que no todo se resuelve con discursos incendiarios ni con la motosierra como único programa de gobierno.

Milei insiste en su cruzada personal contra el Estado, disfrazando de “libertad” lo que no es más que ajuste salvaje. Pero la realidad le marca límites: con la salud y la educación pública no se juega, con los derechos de los más débiles no se especula, y con el pueblo movilizado no se negocia.

El Presidente puede seguir descalificando al Congreso, acusando de “casta” a todo aquel que no le levante la mano, pero los hechos son claros: cada vez tiene menos aliados, menos poder de fuego y menos margen de maniobra. La derrota no es solo legislativa: es social, política y simbólica.

La Argentina ya le envió un mensaje: el ajuste no pasará por encima de la dignidad de los jubilados, los chicos y la educación. Milei tendrá que decidir si escucha esa voz o si profundiza un camino que lo aísla y lo debilita día tras día.

Jorge Fernando Moll/Digital Chubut

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