La deuda de las familias se disparó y alcanzó un nuevo récord histórico, dejando en evidencia la profundidad de una crisis que empuja a la población a sobrevivir a crédito mientras sus ingresos se derrumban frente a la inflación.

El último informe del Banco Central expone con crudeza una realidad alarmante: el sistema financiero avanza sobre hogares cada vez más empobrecidos y asfixiados. La morosidad en créditos personales trepó al 12%, mientras que en tarjetas de crédito alcanzó el 9,3%, cifras inéditas incluso en un mes en el que millones de trabajadores cobraron el sueldo anual complementario. El dato es contundente: ni el ingreso extra logró contener el colapso financiero de las familias.

Detrás de estos números hay una verdad incómoda que el relato oficial intenta disimular: el crédito ya no es una herramienta de progreso, sino un salvavidas precario para llegar a fin de mes. La pérdida brutal del poder adquisitivo obligó a miles de hogares a endeudarse para pagar comida, servicios y gastos básicos, o incluso para refinanciar deudas anteriores, en un círculo vicioso cada vez más difícil de romper.

Durante 2025, el financiamiento al sector privado creció con fuerza. Los préstamos en pesos aumentaron 27,4% en términos reales, mientras que los créditos en moneda extranjera se dispararon 73%. Como resultado, la exposición del sistema financiero al sector privado escaló al 43,9% del total de activos, evidenciando un avance del endeudamiento en un contexto de creciente fragilidad social.

Dentro de ese esquema, las familias quedaron particularmente expuestas. Los créditos a hogares ya representan casi el 20% del total del sistema, con un crecimiento generalizado en préstamos personales, prendarios e hipotecarios. Solo en diciembre se sumaron cerca de 3.000 nuevos créditos hipotecarios, acumulando más de 43.700 nuevos deudores en el año. Lejos de ser una señal de prosperidad, estos números reflejan la desesperación de quienes recurren al banco como última opción ante el derrumbe de sus ingresos.

El dato más preocupante es el nivel de mora. En diciembre, el ratio de irregularidad en los créditos a familias alcanzó el 9,3%, marcando un récord histórico. El deterioro es mucho más grave que en el sector empresarial, donde la morosidad se ubicó en 2,5%, confirmando que el peso de la crisis recae, una vez más, sobre los sectores más vulnerables.

El sistema de pagos también muestra señales inequívocas de deterioro. Los cheques rechazados por falta de fondos aumentaron significativamente y alcanzaron el 2,22%, reflejando una economía donde el dinero ya no alcanza y la cadena de pagos comienza a resquebrajarse.

Aunque los bancos mantienen altos niveles de liquidez y capital, la contracara es una sociedad cada vez más endeudada, empobrecida y al borde del colapso financiero. El crecimiento del crédito, lejos de ser una señal de recuperación, se convierte en un síntoma de una crisis estructural que obliga a las familias a hipotecar su futuro para sobrevivir el presente.

El fenómeno avanza en paralelo con un consumo en caída libre y salarios que pierden sistemáticamente contra la inflación. La deuda dejó de ser una herramienta y pasó a ser una trampa.

Si la economía no logra revertir el deterioro de los ingresos, el endeudamiento masivo de los hogares no solo anticipa un agravamiento de la crisis social, sino también una bomba de tiempo que amenaza con explotar en el corazón mismo del sistema económico.

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