La crisis económica dejó de ser una estadística para convertirse en una estrategia cotidiana de supervivencia. En la Argentina de Javier Milei, cada vez más hogares necesitan recurrir a familiares, amigos, financieras u otras fuentes de financiamiento para llegar a fin de mes. Y cuando endeudarse o pedir ayuda se transforma en una condición para sostener los gastos básicos, la discusión ya no es solamente económica: es social y política.
Según un informe de la Universidad Católica Argentina (UCA), casi el 30% de los hogares recurrió durante el tercer trimestre de 2025 a familiares, amigos, financieras u otras fuentes para afrontar sus gastos cotidianos. Pero detrás del promedio aparece una realidad todavía más preocupante: entre los hogares pobres, la proporción trepó al 44,4%, mientras que entre los no pobres alcanzó el 22,4%.
La diferencia es contundente: 22 puntos porcentuales separan a unos y otros. No se trata simplemente de una brecha estadística. Es la distancia entre quienes todavía cuentan con algún margen para absorber el impacto de la crisis y quienes deben pedir prestado, recurrir a su entorno o buscar crédito para cubrir necesidades básicas.
El dato desnuda una de las caras menos visibles de la crisis. Cuando un hogar necesita endeudarse para pagar alimentos, servicios, transporte o gastos esenciales, el problema no termina cuando consigue el dinero. La deuda se convierte en una obligación futura que condiciona los ingresos de los meses siguientes. Así, una dificultad presente puede transformarse en una cadena de dificultades cada vez más difícil de romper.
El discurso económico puede hablar de equilibrio fiscal, inflación, mercados y recuperación. Pero detrás de esas variables existen familias que hacen cuentas todos los días, postergan consumos, recurren a sus vínculos personales y, cuando eso no alcanza, buscan financiamiento para sostener una vida que se vuelve cada vez más cara.
Y allí aparece la pregunta incómoda: ¿qué clase de recuperación es aquella en la que millones de hogares necesitan pedir ayuda para llegar a fin de mes?
El Gobierno puede exhibir determinados indicadores macroeconómicos como señales de una nueva etapa. Pero una economía también se mide por la capacidad de sus ciudadanos para vivir sin depender permanentemente de la deuda o de la solidaridad de terceros. Porque cuando casi tres de cada diez hogares deben buscar recursos por fuera de sus ingresos habituales, algo más profundo que una variable económica está en juego.
La pobreza, además, amplifica el problema. Para los sectores de menores ingresos, las alternativas son mucho más limitadas: tienen menos capacidad de ahorro, menos acceso al crédito formal y menos margen para enfrentar aumentos o imprevistos. Por eso, que el 44,4% de los hogares pobres haya recurrido a estas estrategias constituye una señal de alarma.
La Argentina de Milei enfrenta así una paradoja que no puede ser ignorada: mientras se discute la salida de la crisis en términos de grandes números, una parte significativa de la sociedad sigue resolviendo su presente con recursos del futuro.
Nadie debería necesitar endeudarse o pedir ayuda para poder sostener los gastos básicos de su hogar. Cuando esa situación se vuelve masiva, ya no alcanza con hablar de esfuerzo individual. La pregunta debe volver al Estado, a la política económica y a las condiciones concretas en las que viven las familias argentinas.
Porque una recuperación que no llega a la mesa de los hogares corre el riesgo de ser apenas una recuperación de los indicadores. Y mientras tanto, para demasiados argentinos, llegar a fin de mes sigue siendo la verdadera batalla.
