Solo uno de cada diez jóvenes de entre 18 y 25 años consigue un empleo en blanco. El dato del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la Universidad Católica Argentina (UCA) expone las consecuencias sociales de un mercado laboral cada vez más restrictivo y golpeado por las políticas económicas implementadas durante el gobierno de Javier Milei.
La promesa oficial de que la desregulación de la economía y las reformas laborales permitirían generar más empleo y oportunidades encuentra un límite concreto en la realidad de miles de jóvenes que intentan ingresar al mercado laboral. Según el informe del ODSA-UCA, apenas uno de cada diez jóvenes de entre 18 y 25 años logra acceder a un trabajo registrado, mientras una proporción significativa permanece atrapada entre la informalidad, la precariedad y el desempleo.
El estudio revela que el 30,2% de los jóvenes cuenta con un empleo regular, aunque dentro de ese grupo el 16% trabaja en condiciones precarias. A su vez, el 22,5% tiene un empleo irregular y el 10,7% lleva más de seis meses sin conseguir trabajo.
Los números muestran así una realidad que contradice uno de los principales argumentos del Gobierno: que la flexibilización y la reducción de los costos laborales permitirían ampliar las oportunidades de empleo formal. Para los jóvenes, al menos según estos indicadores, el acceso al trabajo registrado continúa siendo una excepción.
El costo social del modelo
Las consecuencias de este escenario exceden las estadísticas. Un joven que no consigue ingresar a un empleo formal queda privado no solo de un salario estable, sino también de aportes jubilatorios, cobertura de salud, vacaciones, aguinaldo y otros derechos asociados al trabajo registrado.
En el marco del programa económico de Milei, caracterizado por el ajuste del gasto público, la contracción del consumo y una fuerte reducción de la intervención estatal, el mercado laboral enfrenta además el desafío de absorber a quienes pierden capacidad de compra y a quienes buscan su primer empleo.
El resultado es particularmente preocupante entre los jóvenes: la generación que debería estar construyendo su autonomía económica encuentra dificultades para conseguir el primer empleo formal y, cuando logra trabajar, muchas veces lo hace en condiciones precarias o irregulares.
Una promesa que todavía no se traduce en empleo de calidad
El Gobierno sostiene que las reformas estructurales son necesarias para transformar el mercado laboral argentino y reducir la informalidad. Sin embargo, los indicadores sobre empleo juvenil plantean una pregunta inevitable: ¿cuándo llegarán esas oportunidades para quienes hoy intentan conseguir su primer trabajo?
El dato del ODSA-UCA constituye una señal de alarma. Si apenas uno de cada diez jóvenes logra acceder a un empleo en blanco, el problema ya no puede ser presentado únicamente como una dificultad individual de capacitación o experiencia.
Es también una consecuencia de un mercado laboral que no está generando suficientes puestos registrados y de calidad para incorporar a las nuevas generaciones.
La situación deja al descubierto una de las principales contradicciones del modelo económico de Milei: mientras el Gobierno apuesta a que una mayor flexibilización de las relaciones laborales genere empleo, miles de jóvenes continúan esperando una oportunidad que les permita ingresar al mundo del trabajo con derechos y estabilidad.
Para una generación que enfrenta el desafío de independizarse, alquilar, estudiar y proyectar un futuro, la falta de empleo formal no es simplemente un dato económico. Es una de las consecuencias sociales más visibles de un modelo que todavía no logra transformar la recuperación de algunos indicadores macroeconómicos en oportunidades laborales concretas para los jóvenes.

