El gobierno de Javier Milei acaba de consumar lo que ya se perfilaba como inevitable: una rendición anticipada ante el poder financiero internacional. El swap de 20 mil millones de dólares, presentado como un salvavidas, es en realidad una trampa cuidadosamente diseñada, condicionada al resultado de las legislativas y acompañada de exigencias que comprometen la soberanía nacional.

Richard Bessent, vocero de los intereses de Wall Street, lo expuso sin rodeos: la continuidad del financiamiento requiere la reinstauración de retenciones al agro, la ruptura de los swaps con China y la paralización de las represas en la Patagonia. No se trata de simples ajustes económicos, sino de un rediseño completo del rumbo del país bajo la tutela de Washington.

A esto se suma la exigencia central: una fuerte devaluación y la flotación irrestricta del dólar. Viejas recetas que Argentina conoce de memoria: inflación disparada, pérdida del salario real y transferencia de riqueza desde los trabajadores y la producción hacia la especulación financiera.

Lejos de resistir semejante embestida, el ministro Caputo celebró la imposición. Habló de “un cambio de timonel” y proclamó “una nueva era”. En realidad, lo que comienza es la reedición del modelo más dependiente y nocivo: endeudamiento, ajuste, alineamiento automático y desindustrialización.

Milei llegó a la Casa Rosada prometiendo libertad y soberanía. Hoy, en los hechos, se ha convertido en el presidente que más rápidamente hipotecó el futuro de la Argentina, entregando la política económica a los dictados de Washington y dejando al país sin margen de maniobra.

Lo que se negoció no es un acuerdo: es una claudicación. Y el precio de esta entrega histórica no lo pagará el presidente ni su gabinete. Lo pagará, una vez más, la sociedad argentina.

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