El relato libertario de la “recuperación” volvió a chocar contra la realidad. Lejos de cualquier rebote genuino, el consumo masivo mostró en noviembre una nueva señal de agotamiento que desnuda el fracaso del programa económico de Javier Milei. Después de varios meses de leves repuntes estadísticos —más ligados al piso de la caída que a una mejora real—, las ventas volvieron a retroceder y confirmaron lo que millones de hogares sienten todos los días: no alcanza para vivir.
El dato no es menor. Por primera vez desde marzo, el consumo total dejó de crecer y entró otra vez en terreno negativo. Supermercados y farmacias encabezaron el derrumbe, dos termómetros sensibles de la vida cotidiana. Cuando cae la compra de alimentos y medicamentos, no hay margen para el maquillaje discursivo: lo que se desploma es la calidad de vida.
El Gobierno insiste en celebrar porcentajes y gráficos, pero omite un punto central: esta baja se produce sobre un escenario devastado. El consumo ya había sido arrasado por el ajuste brutal aplicado desde el inicio de la gestión Milei, con salarios pulverizados, jubilaciones recortadas y tarifas liberadas sin red de contención. Comparar con ese piso histórico y aun así mostrar retrocesos expone la magnitud del daño.
Particularmente alarmante es lo que ocurre en las farmacias. La caída en la venta de medicamentos no responde a un cambio de hábitos, sino a una decisión forzada: la gente deja de comprar remedios porque no puede pagarlos. El recorte en el acceso a prestaciones para jubilados, sumado a precios desregulados, convirtió a la salud en un lujo. En el país de la “libertad”, miles de adultos mayores deben elegir entre comer o medicarse.
En los supermercados la escena se repite. Las grandes compras desaparecieron y fueron reemplazadas por recorridos diarios, con billetera en mano y calculadora mental. No hay previsión posible cuando los ingresos no alcanzan y el futuro es incierto. El ajuste no ordenó la economía: la achicó hasta asfixiarla.
Pese a la baja de tasas y a una inflación que desacelera más por recesión que por virtudes del plan, el supuesto despegue nunca llegó. La promesa de una segunda etapa de bienestar quedó archivada, mientras el consumo mayorista también anticipa que la parálisis continuará. El mercado interno, motor histórico de la economía argentina, sigue siendo la principal víctima del dogma del recorte permanente.
El Gobierno podrá seguir hablando de paciencia y sacrificio, pero los números muestran otra cosa: el modelo de Milei no reactiva, no derrama y no repara lo destruido. Solo profundiza la desigualdad y consolida una economía donde consumir lo básico vuelve a ser un privilegio. La verdadera incógnita ya no es cuándo llegará la recuperación, sino cuánto más puede resistir la sociedad antes de que el ajuste termine de pasarle factura política a quienes lo impulsan.
