El gobierno de Javier Milei se presenta a sí mismo como el adalid del alineamiento irrestricto con Estados Unidos, una cruzada ideológica que exhibe con fervor dogmático en cada foro internacional. Sin embargo, detrás del discurso de guerra cultural contra el “comunismo” y la exaltación del libre mercado, se consolida una paradoja tan evidente como costosa: la Argentina de Milei es, en los hechos, cada vez más dependiente de China.
Los datos del comercio exterior no admiten relatos alternativos. Desde el inicio del experimento liberal-libertario, China se ha convertido en el principal beneficiario del modelo económico aplicado por el Gobierno. No por inversiones estratégicas, transferencia tecnológica o integración productiva, sino por la vía más regresiva: la inundación del mercado interno con manufacturas importadas, el desplazamiento de la producción local y la destrucción de empleo.
Mientras Washington exige frenar la presencia china en sectores sensibles —energía, infraestructura, telecomunicaciones, minería crítica— Milei obedece sin chistar. Congela acuerdos, revisa proyectos y sacrifica soberanía regulatoria en nombre de una alineación geopolítica que no se traduce en dólares, desarrollo ni comercio equilibrado. Pero al mismo tiempo, abre de par en par el mercado doméstico para que China haga negocios donde más duele: en la industria, el consumo y el empleo argentino.
El resultado es brutal. Déficit comercial bilateral récord, importaciones de bienes de consumo en máximos históricos, atraso cambiario que licúa cualquier posibilidad de competir y una economía real que se enfría. China no avanza en represas ni centrales nucleares, pero conquista placares, cocinas, talleres y fábricas. Estados Unidos obtiene obediencia estratégica; China se queda con el mercado; la Argentina pierde industria, trabajo y capacidad productiva.
La advertencia de Paolo Rocca, lejos de ser una voz opositora, expone la contradicción central del mileísmo. Incluso uno de los grandes beneficiarios del esquema energético reconoce que el dumping chino, habilitado por la apertura indiscriminada, está devastando la siderurgia. El modelo funciona para la renta extractiva y financiera, pero arrasa con el entramado industrial. Milei no corrige esa contradicción: la profundiza.
El fenómeno de las plataformas chinas, el courier desregulado y la eliminación de controles aduaneros completa el cuadro. Mientras el mundo desarrollado refuerza regulaciones para proteger empleo, trazabilidad y recaudación, la Argentina de Milei desarma el Estado y entrega el mercado. No se trata de modernización ni de competencia: se trata de sustitución de fábricas por depósitos, de trabajadores por paquetes, de producción por logística.
El saldo político y económico es inequívoco. El Gobierno eligió un modelo donde la soberanía se negocia, la industria se descarta y el empleo se considera una variable prescindible. Bajo la retórica libertaria, se consolida una dependencia doble: subordinación geopolítica a Estados Unidos y colonización comercial por China.
La paradoja china no es un accidente: es el resultado lógico de un programa que confunde apertura con rendición y libertad con desguace. Milei no enfrenta al gigante asiático; le pavimenta el camino, mientras la Argentina retrocede décadas en su estructura productiva.
Fuente/El Destape
