Hasta ahora, el canciller Pablo Quirno decía que “la soberanía era un concepto anticuado”. Se había impuesto la Doctrina Plaza, que consistía en dejar correr los negocios del imperio. El supuesto viraje genera desconcierto. Los diplomáticos de carrera, desplazados de la Cancillería, sostienen que debió citarse al embajador de Israel.
Terremoto en la Cancillería. Nadie cree en el viraje de Javier Milei y tampoco nadie sabe si sigue vigente lo que hasta ahora se aplicaba y que dentro del Palacio San Martín denominan Doctrina Plaza, en referencia a la probritánica embajadora argentina en Londres, Mariana Plaza. Su dogma podría resumirse así: “No hablemos de soberanía, pero fomentemos negocios con el Reino Unido, incluyendo inversiones y explotación de recursos en Malvinas. Un mejor vínculo económico y comercial va a pavimentar el diálogo con los británicos”. Eso era palabra santa.
El otro ancla del Palacio San Martín, sede de la Cancillería, es la titular de la Secretaría de Malvinas, Paola Di Chiaro, también considerada probritánica. Di Chiaro coordina con el Foreign Office el programa Future Leaders, un seminario que culmina en la propia residencia del embajador del Reino Unido.
El desconcierto es mayúsculo. Sabiendo que el principal inversor en la explotación de petróleo en Malvinas es israelí, el canciller Pablo Quirno condecoró durante la semana pasada al saliente embajador, Eyal Sela, en lugar de convocarlo para formularle una advertencia, como haría cualquier país que pretendiera mostrar firmeza.
Eso es precisamente lo que recomiendan los diplomáticos de carrera, marginados justamente por su mirada sobre Malvinas. Esos funcionarios sostienen que cualquier país que quisiera demostrar una verdadera firmeza debería frenar, hasta obtener gestos categóricos del gobierno de Benjamin Netanyahu, la compra de fusiles israelíes con los que se pretende sustituir a los viejos FAL que utilizan las Fuerzas Armadas.
Según algunos de los consultores más conocidos, la simulación malvinense “busca cambiar el clima electoral adverso a Milei, pero no puede ocultar los efectos de lo que sucede en la economía”.
Volver a lo anticuado
Hace menos de un mes, el canciller Quirno dijo públicamente que “la soberanía es un concepto anticuado”, al justificar que, si un inversor extranjero quisiera comprar una provincia entera, podría hacerlo. Los dichos del canciller no fueron una excepción, sino la expresión de una política exterior que venía siendo la regla.
Los embajadores de carrera advertían que los votos de la Argentina en Naciones Unidas, alineados con Estados Unidos e Israel, resquebrajaban la causa Malvinas. Levantar la mano junto a Washington y Jerusalén, como uno de los únicos tres países que se opusieron a considerar delito de lesa humanidad la esclavitud, alejaba a los tradicionales apoyos africanos a la causa de las islas.
La postura de respaldo incondicional a Trump durante la guerra contra Irán, en lugar de abogar por la paz, no solo quiebra los respaldos islámicos, sino también los europeos.
Las advertencias de los funcionarios de carrera siempre cayeron en saco roto: Quirno solo se rodea de quienes le dicen que sí a todo. Por el contrario, quienes alertaban sobre errores que socavaban el reclamo argentino por las islas fueron marginados e incluso temieron que se les armaran expedientes para sancionarlos.
Por ejemplo, advirtieron que, por primera vez en la historia de la democracia, un presidente, Milei, y una canciller, Diana Mondino, hablaron de la autodeterminación de los kelpers, coincidiendo con la postura inglesa de siempre. Milei sostuvo que el camino era que los kelpers eligieran ser argentinos por las ventajas que podrían obtener gracias a la política libertaria.
En otras palabras, la desmalvinización era la norma intocable. Cualquiera que, aunque fuera levemente, sugiriera críticas, quedaba bajo sospecha. Esa es la razón por la que nadie en la Cancillería cree en el supuesto giro.
Jugando en la Plaza
Dentro de la Cancillería, durante los últimos años, solo se hablaba de la Doctrina Plaza. En realidad, la embajadora en Londres, Mariana Plaza, nunca expresó una política diferente de la ordenada por la Casa Rosada y, sobre todo, por Washington.
La guía fue el pacto Mondino-Lammy, firmado por la ministra argentina y el canciller británico, David Lammy. Por primera vez se permitirían vuelos a Malvinas desde San Pablo, sin escalas en la Argentina; se desmantelarían controles de pesca y se daría vía libre a la explotación petrolera, cuando ya el proyecto Sea Lion estaba en marcha.
Sobre esa base, Plaza congeló cualquier reclamo: la orden era alinearse con Washington y Londres y priorizar los negocios.
Como es obvio, la Secretaría de Malvinas de la Cancillería estaba en la misma sintonía. O peor. La funcionaria a cargo, Paola Di Chiaro, considerada probritánica, tampoco amagó con protesta alguna.
Se ocupó de coordinar acciones con el Foreign Office para concretar el programa Future Leaders Programme Argentina, en el que participa una organización macri-mileísta, la Fundación Global, además del programa Chevening de la Embajada Británica.
El temario se basa en aspectos de defensa, seguridad marítima e hidrocarburos, es decir, muy lejos de las denuncias anunciadas el jueves. Los seminarios terminarán en la residencia del embajador británico. Es suficiente para diagnosticar el contenido de lo que suscribe, nada más y nada menos, la Secretaría de Malvinas.
Condecoración y silencio
El embajador de Israel en Buenos Aires terminó su misión durante la semana pasada y, antes de regresar a su país, el canciller Quirno lo despidió y condecoró con la Orden de Mayo al Mérito, en el grado de Gran Cruz, creada para honrar a ciudadanos extranjeros cuyos servicios merecen la gratitud de la Nación.
Los diplomáticos de carrera sostienen que el embajador debió ser citado en la Cancillería para formularle una advertencia: una empresa de su país está liderando la extracción de petróleo en las islas, una actividad penada por la legislación argentina.
No importa que se trate de una empresa privada: las autoridades gubernamentales tienen potestades de control e instrumentos para marcarles la cancha a las empresas.
Pero esos diplomáticos de carrera también mencionan que la Argentina tiene otros caminos: presionar con la posibilidad de poner en pausa varios contratos.
Está en marcha el proceso de reemplazo de los antiguos fusiles FAL de las Fuerzas Armadas por los fusiles IWI Arad, fabricados por la empresa Israel Weapon Industries. También existen contratos, menos conocidos, para la compra de material de seguridad e inteligencia.
Es evidente que en la Casa Rosada conocen todos estos caminos, pero el supuesto giro es solo una simulación. En esencia, no abandonan la Doctrina Plaza. Se trata, más bien, de adecuarse al discurso de Donald Trump y, en especial, de intentar una maniobra electoral: que la opinión pública vuelva la mirada hacia una causa patriótica que lleva en el corazón, más aún desde que se vio la bandera que exhibieron los jugadores de la Selección, y la aparte de las penurias de no llegar a fin de mes o de la incertidumbre ante el peligro de perder el trabajo.
Página 12/ Por Raúl Kollmann
