Puerto Madryn no espera nada del gobierno nacional porque ya aprendió que no vendrá ayuda. Crece con su propio esfuerzo, con obras financiadas desde la ciudad para sostener el desarrollo y la calidad de vida de sus vecinos. Mientras tanto, Javier Milei administra un país desde el escritorio porteño y condena al olvido a las ciudades que producen, trabajan y generan riqueza para la Nación.

El presupuesto 2026 es una prueba brutal: ni una sola obra está prevista para Puerto Madryn. Ningún plan de infraestructura, ningún acompañamiento al crecimiento demográfico, ni un peso para sostener la producción o mejorar la vida cotidiana. No es desidia de la gestión local —el intendente Gustavo Sastre presentó proyectos clave y golpeó todas las puertas necesarias—; es desinterés y abandono deliberado desde el gobierno nacional.

La llamada “motosierra” dejó de ser un símbolo de austeridad para convertirse en una herramienta de castigo político y económico. Se recorta sin evaluar impactos, se paraliza la obra pública sin medir consecuencias y se condena a las provincias a un ajuste que no distingue realidades ni necesidades. El discurso de la “libertad” se cae a pedazos frente a la indiferencia con la que se gobierna desde Buenos Aires: libertad para unos pocos, ajuste y desamparo para el resto.

Puerto Madryn avanza, pero lo hace sola y a contramano de un Estado que elige olvidar al interior productivo. Mientras la ciudad planifica, invierte y crece, el gobierno nacional responde con silencio y desidia. Lo que en la Casa Rosada llaman “orden fiscal” aquí significa abandono, desigualdad y la ruptura cada vez más profunda de un país que debería ser federal.

No es falta de recursos: es una decisión política de mirar hacia otro lado. Milei prioriza números fríos y un relato ideológico antes que la realidad de miles de argentinos que construyen futuro lejos del centro porteño. Puerto Madryn sigue de pie porque su gente se resiste a la resignación. Pero el mensaje que baja desde la Nación es claro y cruel: quien no esté bajo el paraguas del poder central, queda condenado a la indiferencia.

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