El intento de magnicidio contra la Vicepresidenta obliga a replantear el rol de los políticos, los factores de poder, los medios y los periodistas. Hasta ahora todos señalan enfrente y con el dedo. Pero nadie se hace responsable.
Por Nancy Pazos
Mi primer recuerdo personal histórico es del día que murió Perón. Mi abuelo peronista (el otro era radical) me vino a buscar antes de hora al jardín. No recuerdo qué dijo pero sí que fue la primera y única vez que lo vi llorar como un chico. Mucho más acá en el tiempo recuerdo haber cerrado las piernas —literal— el día que cayeron las torres gemelas. Estaban por entrar en la semana 40 de mi primer embarazo y claramente tuve miedo de parir rodeada de tanta sangre y desconcierto. El susto fue tal que Teo nació recién 12 días después.
El jueves estaba con un amigo cenando en San Isidro cuando mi teléfono estalló de mensajes de Whatsapp contándome o preguntándome qué sabía sobre el intento de asesinato a Cristina Fernandez de Kirchner. Cada ser y cada alma son únicas. A esta altura, yo conozco bastante la mía. Y no tengo dudas que, por mi obsesiva compulsión a hacer análisis contrafáctico de cada hecho histórico, (en este caso qué sería de nuestro país hoy si la bala hubiera salido de esa pistola Bersa) el intento de magnicidio contra CFK marcará un antes y un después en mi vida personal, pero, sobre todo, en la profesional.
A 48 horas del fallido atentado contra la vicepresidenta, mientras la Justicia investiga y la política intenta dar muestras de madurez repudiando al unísono (con puntuales excepciones), yo quiero alzar mi voz para decir —a contramano de todos quienes se pronunciaron públicamente hasta ahora— que además de repudiar el hecho yo sí me declaro culpable, yo sí me siento partícipe necesaria de este intento de femicidio, que yo sí soy responsable de haber potenciado y sido caja de resonancia de una grieta que terminó haciendo irrespirable el clima social de nuestro país y que generó el caldo de cultivo para que uno o varios locos creyeran que matando a Cristina se convertía en héroes ante una parte de la sociedad.
Los lobos solitarios no existen. La locura personal y colectiva también se potencia. No voy a hablar por los demás porque no me corresponde. Hablo por mí. Por lo que soy y por lo que siento.
Por eso también pido perdón. Primero a Cristina, la víctima. Porque como dijo Baby Etchecopar “hoy todos somos Cristina”. Después a su familia. Pero también le pido perdón a mis hijos y a la sociedad. Porque estoy segura que, de mínima, no hice todo lo necesario desde mi lugar para contribuir a un país mejor. O porque si alguna vez lo intenté claramente fallé.
Mi lugar no es menor. En un mundo donde los medios y los periodistas gracias al potencial dado por las redes sociales y la interconectividad, dejamos de ser el cuarto poder para medirnos y competir palmo a palmo con “el” poder, está claro que nuestro grado de influencia en la cabeza de cualquier desprevenido es mayúscula. Por algo las marcas nos buscan para promocionar sus productos igual o más que a los artistas.
Por eso hoy y en estas líneas me comprometo ante ustedes a ser más empática con quienes no piensan como yo, a trasmitir mis ideas con más amorosidad, a tratar de priorizar los puntos en común por sobre las desavenencias, a volver a la senda del principio constitucional por el cual nadie es culpable hasta que la justicia lo dictamine, a evitar palabras y conceptos que generan odio y rechazo en quienes no piensan igual a mí. Porque la violencia no sólo es fáctica, el útero de la violencia son las palabras. La violencia nace en la mente y se disemina por la boca.
El potencial de la violencia está en cada uno de nosotros. Y la única manera de neutralizarla es siendo cada día más humanos.
Amén.
