Javier Milei llegó al poder con la motosierra en alto y un discurso digno de película apocalíptica: dinamitar la casta, sepultar la corrupción y clavarle los últimos clavos al ataúd del kirchnerismo o peronismo. Pero la historia argentina es perversa con los que juegan a profetas: esos clavos terminaron ajustando la tapa de su propio cajón político.

La “pureza libertaria” duró menos que un billete de dos pesos en el supermercado. Donde prometía transparencia, brotaron coimas. Donde se esperaba institucionalidad, floreció la represión. Donde debía nacer una nueva ética, apareció la misma corrupción de siempre, solo que disfrazada de violeta. Y todavía flota, como una mancha imposible de tapar, el famoso “3% de Karina”, el impuesto encubierto de la hermana todopoderosa.

Lo más cómico del caso es que el kirchnerismo, ese movimiento que Milei juraba enterrar, hoy goza de un inesperado aire de resurrección. El sepulturero se cayó dentro de la fosa y, encima, le tiró tierra encima a su propio proyecto. Prometieron pintar de violeta la provincia de Buenos Aires, pero terminaron ellos mismos violetas, amoratados por la trompada de la derrota.

Y mientras tanto, los aliados provinciales empiezan a mirar de reojo. En Chubut, por ejemplo, queda la caricatura de César Treffinger: el “caniche” de Javier y Karina. Ladró contra la casta, pero terminó sentado, con la lengua afuera, esperando una caricia del poder que decía combatir. Su futuro político ya no depende de las urnas, sino de si su dueño lo sigue sacando a pasear o lo abandona en la banquina.

La política argentina está llena de falsos refundadores que juraron cambiarlo todo y terminaron repitiendo lo mismo. Milei no es la excepción, sino el último capítulo de esa tragicomedia. Se vendió como anticasta, pero ya expone los mismos clavos oxidados con los que pensaba cerrar la historia de sus rivales.

Hoy la pregunta no es si el kirchnerismo está enterrado, sino si el mileísmo ya encontró su ataúd. Entre coimas, represión, derrotas electorales, un 3% inexplicable y aliados reducidos a perritos falderos, Milei consiguió lo que nadie esperaba: dinamitarse a sí mismo.

Jorge Fernando Moll/Digital Chubut

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