El deterioro del crédito al sector privado se consolida como uno de los principales síntomas de la fragilidad económica. La morosidad crece de manera ininterrumpida desde noviembre de 2024 y ya acumula 19 meses consecutivos de aumento, según un informe del Centro de Economía Política Argentina (CEPA). En mayo de 2026, la tasa de incumplimiento alcanzó el 7,7%, un nivel que enciende señales de alerta y que, de acuerdo con el estudio, no muestra perspectivas de revertirse en el corto plazo.

El fenómeno atraviesa tanto a los hogares como al entramado productivo. En las familias, la mora se disparó del 2,4% en octubre de 2024 al 12,8% en mayo de 2026, reflejando el creciente deterioro de la capacidad de pago y la presión que ejercen la pérdida del poder adquisitivo y el endeudamiento. En el sector empresarial, la irregularidad también exhibe un avance sostenido: pasó del 0,7% al 3,5% en el mismo período, un indicador que expone las crecientes dificultades financieras de las empresas en un contexto de menor actividad y restricciones para sostener la cadena de pagos.

Más allá de las cifras, la evolución de la morosidad constituye una señal de advertencia sobre la salud del sistema crediticio y de la economía real. Cuando familias y empresas dejan de cumplir con sus compromisos financieros, el crédito pierde capacidad para impulsar el consumo y la inversión, profundizando un círculo que condiciona las perspectivas de recuperación.

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