El gobierno de Javier Milei atraviesa, posiblemente, su momento más frágil desde que llegó a la Casa Rosada. La promesa de una economía estabilizada y una política diferente empieza a chocar contra una realidad que se vuelve cada vez más difícil de disimular: inflación persistente, errores políticos, internas en el propio oficialismo y una imagen presidencial que cae de manera sostenida.
Durante meses, el relato libertario insistió en que el sacrificio era necesario, que el ajuste sería duro pero breve, y que la inflación caería rápidamente. Sin embargo, los números siguen golpeando el bolsillo de los argentinos. El último dato inflacionario volvió a encender alarmas y confirma lo que cualquier ciudadano percibe al ir al supermercado: la supuesta desaceleración no se refleja en la vida cotidiana.
El changuito cada vez pesa menos y cuesta más llenarlo. La nafta aumenta semana tras semana. Los servicios no paran de subir. Y mientras tanto, el discurso oficial intenta convencer de que el rumbo es correcto, aunque la realidad cotidiana diga otra cosa.
Pero la economía no es el único frente complicado para el Presidente. Dentro del propio oficialismo las tensiones crecen y las disputas de poder ya no se disimulan. Lo que hasta hace poco parecía un movimiento compacto empieza a mostrar fisuras. Las internas entre los distintos sectores libertarios, que en un principio se mantenían bajo control, hoy se filtran en cada pasillo del poder.
En la Casa Rosada el clima es cada vez más tenso. El propio Milei lo dejó entrever cuando publicó en redes sociales un mensaje inusual para un mandatario: pidió “ánimo”. Una palabra que, lejos de transmitir fortaleza, terminó reflejando la preocupación interna que atraviesa el gobierno.
La política también suma presión. La vicepresidenta Victoria Villarruel parece haber iniciado su propio camino político, marcando diferencias y construyendo un perfil propio de cara al futuro. En los hechos, ya actúa con autonomía y muchos en el oficialismo la ven posicionándose para una eventual disputa dentro del espacio libertario.
A todo esto se suma un contexto internacional incierto. El presidente argentino apostó gran parte de su estrategia geopolítica a la relación con Donald Trump, pero las proyecciones electorales en Estados Unidos no son alentadoras para el líder republicano. Si el escenario político norteamericano cambia, Milei podría perder uno de sus principales respaldos simbólicos en el exterior.
Las encuestas, mientras tanto, marcan una tendencia clara: la imagen del Presidente se deteriora. Su núcleo duro se mantiene firme —alrededor del 30%— pero el respaldo fuera de ese círculo comienza a erosionarse. La ilusión de una victoria cómoda o incluso en primera vuelta empieza a desvanecerse.
El problema es que el tiempo político corre rápido y la paciencia social es limitada. Un gobierno que llegó prometiendo dinamitar el sistema ahora enfrenta el desafío más difícil: demostrar que puede gobernar sin que el costo lo paguen siempre los mismos.
Porque cuando la inflación no baja, los salarios no alcanzan y las promesas empiezan a desgastarse, la épica pierde fuerza. Y en política, cuando la épica se termina, lo que queda es la realidad. Y esa realidad, hoy, no parece jugar a favor de Javier Milei.
Fuente: El Destape
